La trampa que ninguna empresa puede evitar sola (I)

La trampa que ninguna empresa puede evitar sola (I)

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La obsolescencia tecnológica ya no es solo una discusión sobre eficiencia. Con la aceleración de la automatización y la inteligencia artificial, muchas empresas están reduciendo costos a costa de destruir parte de la demanda que sostiene al mercado.

El problema es que ninguna puede frenar sola sin perder competitividad.

En febrero de 2026, Block —la empresa de pagos de Jack Dorsey— despidió a casi la mitad de su planta: 4.000 personas. La razón fue que la IA había hecho innecesarios esos roles. Dorsey agregó: «En 2027, la mayoría de las empresas llegará a esa conclusión». No fue amenaza. Fue descripción.

La pregunta: ¿por qué lo hacen si saben que están destruyendo su propia demanda? Si los trabajadores despedidos son consumidores, y si cada ronda de despidos reduce el poder de compra del que dependen todas las empresas, ¿no deberían los directivos racionales frenar antes del precipicio?

Brett Hemenway Falk y Gerry Tsoukalas, de la Universidad de Pensilvania y Boston University, acaban de responder esa pregunta con un modelo matemático riguroso.

Su conclusión: saber que el precipicio existe no alcanza para frenarse. La competencia crea una trampa de la que ninguna empresa puede salir sola.

«Cada empresa captura el 100% del ahorro de reemplazar sus trabajadores, pero solo siente 1/N de la demanda que destruye. El resto cae sobre sus rivales.»

Es un Dilema del Prisionero en escala industrial. La empresa que frena unilateralmente sufre la caída de demanda causada por sus competidores, pero pierde los ahorros de costos. La que automatiza captura los ahorros y externaliza el daño. Resultado: todas automatizan más de lo que sería óptimo colectivamente, y tanto los trabajadores como los dueños de las empresas terminan peor que si hubieran cooperado.

No es una transferencia de valor de unos a otros: es destrucción pura.

Los datos globales confirman la escala del problema. El WEF proyecta para 2030 la destrucción de 92 millones de empleos, y la creación de 170 millones, con un saldo neto positivo de 78 millones. Goldman Sachs estima que el impacto sobre el desempleo agregado será de apenas 0,5 puntos porcentuales.

Buenas noticias.

El reto es que la destrucción ocurre hoy, de golpe, en sectores específicos y en perfiles laborales concretos. La creación ocurrirá gradual, exigirá calificaciones distintas, y llegará tarde para quienes ya perdieron su empleo. Solo en la primera mitad de 2025, cerca de 78.000 empleos tecnológicos en Estados Unidos fueron atribuidos directamente a la IA. El desempleo entre jóvenes de 20 a 30 años en sectores expuestos subió 3 puntos porcentuales en un año.

¿La solución? Los autores evalúan seis instrumentos de política: ingreso básico universal, impuestos al capital, participación accionaria de trabajadores, negociación colectiva, reentrenamiento. Ninguno funciona. Solo uno corrige la distorsión en el margen exacto donde vive el problema: un impuesto Pigouviano a la automatización, equivalente al daño de demanda que cada empresa no internaliza.

No es populista. Es teoría económica ortodoxa cuando se enfrenta con honestidad a una externalidad de mercado. La pregunta no es si los gobiernos deben intervenir. Es si lo harán antes o después de que el daño sea irreversible.

En la próxima entrega: ¿qué significa esto para América Latina y Colombia?

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